jueves, 29 de septiembre de 2016

La disertación filosófica



Es un texto en que se exponen argumentos en torno a una cuestión filosófica.

- La base de una disertación es la **reflexión**, este es el primer paso: comprender la cuestión  y sus implicaciones.
- Luego puede seguirse el método de la **tormenta de ideas** y apuntar en una hoja las que surjan espontáneamente.
- Luego hay que seleccionar estas ideas y someterlas a ordenación, distinguiendo primarias y secundarias y elaborando un **guión**.
- La idea central determina el enfoque de nuestra disertación.
- Luego hay que ponerse a redactar, distinguiendo
- la **introducción** (en que se avanza esta idea central),
- el **desarrollo** (en el que se la fundamenta con
- ejemplos
- información relevante
- el recurso a alguna autoridad
- otras afirmaciones o negaciones evidentes
- las consecuencias o implicaciones de considerarla verdadera o falsa, aciertos y errores que acarrea
- la deficiencia de otras ideas contrarias etc.)
Hay que ser elocuentes, convincentes, claros, basándonos en hechos o razones que resulten admisibles.
- Por último, hay que **concluir** resolviendo la cuestión.

Filosofía y opinión

La relación entre filosofía y opinión, como dice Fernando Savater, es una relación de vieja enemistad. Parménides fue el primero en distinguir en nuestro conocimiento una "vía de la verdad" y otra "de la opinión". Opinión se dice en griego "doxa" y hace referencia en la filosofía antigua a un pseudoconocimiento, un falso conocimiento basado en apariencias superficiales, en lo imaginado o creído más que en lo verdadero. A esto último,al conocimiento auténtico y verdadero, a la ciencia, al saber que descubre la esencia de las cosas le llamaban "episteme".

Los filósofos buscan la sofía o episteme. Platón llama doxóforos a los "profesionales de la opinión", a los que pontifican como si supieran de verdad, cuando en realidad hacen como que saben y solo opinan sin una sólida base, porque su única habilidad está en las palabras "que  van más rápidas que su pensamiento". En su famosa alegoría de la caverna explica la diferencia entre conocimiento verdadero y opinión.


Opinión y filosofía



El ámbito de la opinión es el de la pluralidad y la diversidad, pero, aún así, nos remite a la experiencia, y supone una cierta actividad intelectual.  La gente dirá “es mi opinión”, pero no “es mi prejuicio”.
Si el mundo fuese enteramente transparente a la ciencia, no habría lugar alguno para la opinión. Pero no podemos exigir rigor matemático en todo. Para aquello que es sólo probable, para lo que entra dentro del dominio de lo contingente (lo que puede ser y no ser), no podemos prescindir de la opinión.

No obstante es claro que la opinión adolece de una falta de sostén, es plural y llama al debate y a la argumentación. Para los filósofos representa una fuente de insatisfacción debido a la insuficiente fundamentación de sus afirmaciones. Pero es fecunda en cuanto fuente de interrogaciones y problemas. Su insuficiencia indica la exigencia de verdad que anima todo pensamiento racional, toda filosofía.

La opinión es una conjetura y la filosofía, como búsqueda de la verdad, no puede sino cuestionar los prejuicios y las opiniones. Sólo el saber permite resolver entre opiniones adversas.


¿Es la opinión un conocimiento?
¿Puede la opinión hacer la ley, ser la guía del poder político? 

Importancia de las ideas

Se vive como se piensa. Se vive estrechamente si se piensa con estrechez, y de manera libre si se piensa libremente. El pensamiento siempre tiene consecuencias sobre nuestra existencia, tanto personal como colectiva.
Roger-Pol Droit 


¿Estas de acuerdo?

La ciudad de las palabras congeladas


Cuentan los antiguos acerca de una ciudad imaginaria donde las palabras se congelan por causa del frío y luego, con el calor, se descongelan, de modo que los habitantes escuchan durante el verano lo que se han dicho en el invierno. La fábula se refiere a la filosofía, forma de saber de efecto retardado, que requiere tiempo para ser asimilada: lo que de ella se aprende cuando se es joven permanece en nosotros congelado y se comprende sólo al crecer, en contacto con los problemas que cada tanto se nos presentan.
Plutarco, Moralia

¿Se te ocurre algún comentario?

martes, 20 de septiembre de 2016

Opiniones respetables




En nuestra sociedad abundan venturosa y abrumadoramente las opiniones. Quizá prosperan tanto porque, según un repetido dogma que es el non plus ultra de la tolerancia para muchos, todas las opiniones son respetables. Concedo sin vacilar que existen muchas cosas respetables a nuestro alrededor: la vida del prójimo, por ejemplo, o el pan de quien trabaja para ganárselo, o la cornamenta de ciertos toros. Las opiniones, en cambio, me parecen todo lo que se quiera menos respetables: al ser formuladas, saltan a la palestra de la disputa, la irrisión, el escepticismo y la controversia. Afrontan el descrédito y se arriesgan a lo único que hay peor que el descrédito, la ciega credulidad. Sólo las más fuertes deben sobrevivir, cuando logren ganarse la verificación que las legalice. Respetarlas sería momificarlas a todas por igual, haciendo indiscernibles las que gozan de buena salud gracias a la razón y la experiencia de las infectadas por la ñoñería seudomística o el delirio.

Tomemos, por ejemplo, uno de nuestros debates, televisivos de corte popular en el que se afronte alguna cuestión peliaguda como los platillos volantes, la astrología (sobre este tema hubo uno reciente muy movido, en el que Gustavo Bueno y dos astrofísicos se enfrentaban a una selección de embaucadores particularmente correosa que contaba con la simpatía beocia de la audiencia), la curación mágica de las enfermedades o la inmortalidad del alma. Cualquiera de los participantes puede iniciar su intervención diciendo: "Yo opino... ". Pues bien, esa cláusula aparentemente modesta y restrictiva suele funcionar de hecho como todo lo contrario. Y es que hay dos usos diferentes, opuestos diría yo, del opinar. Según el primero de ellos, advierto con mi "yo opino" que no estoy seguro de lo que voy a decir, que se trata tan sólo de una conclusión que he sacado a partir de argumentos no concluyentes y que estoy dispuesto a revisarla si se me brindan pruebas contrarias o razonamientos mejor fundados. En ningún caso diría "yo opino" para luego aseverar que dos más dos son cuatro o que París es la capital de Francia: lo que precisamente advierto con esa fórmula cautelar es que no estoy tan seguro de lo que aventuro a continuación como de esas certezas ejemplares. Éste es el uso impecable de la opinión.

Pero, en otros casos, decir "yo opino" viene a significar algo muy distinto. Prevengo a quien me escucha de que la aseveración que formulo es mía, que la respaldo con todo mi ser y que, por tanto, no estoy dispuesto a discutirla con cualquier advenedizo ni a modificarla simplemente porque se me ofrezcan argumentos adversos que demuestren su falsedad. Theodor Adorno, en un excelente artículo titulado "Opinión, demencia, sociedad", describe así esta actitud: "El yo opino no restringe aquí el juicio hipotético, sino que lo subraya. En cuanto alguien proclama como suya una opinión nada certera, no corroborada por experiencia alguna, sin reflexión sucinta, la otorga, por mucho que quiera restringirla, la autoridad de la confesión por medio de la relación consigo mismo como sujeto". Este modelo de opinante convierte cualquier ataque a su opinión en una ofensa a su propia persona. Para él, lo concluyente en refrendo de un dictamen no son las pruebas ni las razones que lo apoyan, sino el hecho de que alguien lo formula rotundamente como propio, identificando su dignidad con la veracidad de lo que sostiene. Como cada cual tiene derecho a su opinión, lo que nadie puede recusar, se entiende que todas las opiniones son del mismo rango y conllevan la misma fuerza resolutiva, lo cual destruye cualquier pretensión objetiva de verdad. Este es el uso espurio de la opinión.

En el debate televisivo al que antes aludíamos, cualquier pretensión de acuerdo sobre lo plausible suele quedar descartada de antemano. Quien insiste en que no se tome por aceptable más que lo racionalmente justificado sienta de inmediato plaza de intransigente o dogmático, vicios de lo más detestables. La resurrección de los muertos y la función clorofílica de ciertas plantas pasan por ser opiniones igualmente respetables: el que no lo cree así y protesta está ofendiendo a sus interlocutores, conculcando su básico derecho humano a sostener con pasión lo inverificable. La actitud de quien gracias a su fe particular "lo tiene todo claro" se presenta no sólo como perfectamente respetable desde la discreción cortés, sino hasta desde el punto de vista científico. En esos programas no hay disparate que no se presente como avalado por "importantes científicos". Si es así, ¿por qué nunca habíamos oído antes hablar de ello? Nos lo aclaran enseguida: porque lo impide la ciencia "oficial", mafia misteriosa al servicio de los más inconfesables intereses. Otros, menos paranoicos, pero más descarados, convierten la propia ciencia moderna en aval de la irracionalidad desaforada. Recuerdo un espacio televisivo en que se discutían los casos de "combustión espontánea" que aquejan a determinadas personas por causas impenetrables, aunque probablemente extraterrestres. Un reputado físico argumentaba educadamente contra varios farsantes, todos los cuales tenían muy clara su "respetable" opinión. Cuando se mencionó el método científico, uno de los embaucadores -parapsicólogo o cosa semejante- pontificó muy serio: "Mire usted: la ciencia moderna se basa en dos principios, el de relatividad, que dice que todo es relativo, y el de incertidumbre, que asegura que no podemos estar seguros de nada. Así que tanto vale lo que usted dice como lo que digo yo y ¡viva la combustión espontánea!".

La filosofía arrastra una vieja enemistad contra la opinión, entendida en el infecto segundo sentido que hemos descrito. Y no porque sea la filosofía una ciencia empírica ni porque tenga acceso privilegiado a la verdad absoluta, sino porque es su misión defender el contraste razonable de las opiniones y entre las opiniones, su justificación no a partir de lo inefable o lo inverificable, sino por medio de lo públicamente accesible, de lo inteligible por todos y cada uno. Parece más importante que nunca que siga conservando hoy también ese antagonismo crítico, cuando los medios de comunicación han multiplicado tanto el número de opinantes encallecidos. Por eso, resulta especialmente grave el retroceso del papel de la filosofía en los estudios de bachillerato, que antes o después puede llevar a su abolición académica (la otra no depende de los ministros, si no, ya hubiera tenido lugar). Cuando protesté por esta marginación ante un responsable del plan de estudios, me repuso con toda candidez burocrática: "Date cuenta, enseñar filosofía es cosa muy complicada. ¡Hay opiniones para todos los gustos!". A veces siento cierto desánimo, que considero plenamente respetable.

EL PAÍS  -  Opinión - 02-07-1994

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. 

Comentario de texto


No es una paráfrasis, ni un pretexto. No es una repetición ni una excusa para «enrollarse». Es un diálogo con el autor del texto.

Lo primero es la comprensión del texto, señalar el tema y cómo está resuelto por el autor. Realizar un buen resumen del texto sería la prueba. Encontrar la pregunta a la que el texto responde, también.

Luego hay que avanzar en el diálogo explicitando las cuestiones que nos suscita la lectura. Con claridad, reflejando nuestro punto de vista de forma pertinente y relevante y argumentada.

Los pasos a dar son los siguientes:
- Lectura reposada y sin preocupaciones técnicas (para sacar una idea general del problema y averiguar el tema)
- Lectura detallada (para entender el texto: terminología, definiciones… y la idea central, que hay que encontrar y expresar con palabras propias, encontrando la pregunta a la que responde el texto)
- Resumir el texto (la idea central desarrollada en secundarias, con un esquema del contenido)
  Para todo esto el subrayado es de una gran ayuda.
- Comentario y crítica: examen del texto (contexto histórico y cultural, ideológico, análisis de argumentos, valoración).


lunes, 19 de septiembre de 2016

El jardín

Hace mucho, mucho tiempo, en las afueras de Atenas, en una casa con huerto, Epicuro abrió su Jardín. "Jardín" era el nombre que le puso a su escuela de filosofía. En ella se reunía con sus discípulos para conversar sobre toda clase de temas, sobre la vida y la muerte, sobre los dioses y la materia, sobre el placer y el dolor, pero, sobre todo, hablaban de la felicidad.
De la felicidad de los hombres y las mujeres, libres y esclavos, ricos y pobres, porque Epicuro no excluía a nadie de su compañía. Escribió 300 libros dando cuenta de estas conversaciones y no nos ha llegado ninguno, tan sólo fragmentos. Pero en ellos, como veremos en esta misma página, brilla la sabiduría.
Imagino ahora a Epicuro rodeado de sus discípulos, bajo un emparrado, en el tiempo cálido. Los imagino charlando en el patio de esta casa mirando los olivos que crecen por los alrededores, escuchando los carros que pasan con mercancías para la ciudad, tal vez parando a alguno de sus conductores para ofrecerle alivio y refresco a cambio de noticias. Los imagino pensando sobre el mundo ahora que hemos abierto nosotros nuestro Jardín virtual.

Bienvenidos

Hola a todos.

Esta será nuestra página, si queréis, a partir de ahora.

Será un espacio de colaboración.
Una lugar para la reflexión.
Una biblioteca de documentos.

Una página electrónica donde seguir en contacto, fuera de la clase.

Aquí daremos cuenta de nuestras actividades durante el curso. Y, sobre todo, aquí podremos pensar en común.

Como todos los blogs, éste se lee de abajo a arriba, de la entrada más antigua a la más nueva. Pulsad los enlaces en el texto o en la página y se abrirán otras, pulsad las imágenes y se ampliarán, contestad las encuestas y sabremos qué pensáis, haced comentarios y obtendréis puntos...